La Organización Meteorológica Mundial publica una severa advertencia para América Latina y el Caribe » Yale Climate Connections

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by Rafael Méndez Tejeda, Yale Climate Connections
June 25, 2026

América Latina y el Caribe están en una fase de intensificación climática caracterizada por temperaturas récord, lluvias extremas, sequías prolongadas, océanos más cálidos y un aumento sostenido de los riesgos para la salud, la economía y la seguridad alimentaria, según el informe State of the Climate in Latin America and the Caribbean 2025, publicado en mayo de 2026 por la Organización Meteorológica Mundial (WMO, por sus siglas en inglés).  Retrata una región donde los efectos del calentamiento global han dejado de percibirse como una amenaza distante para convertirse en una realidad concreta y recurrente. 

Pero hay buenas noticias. El  informe también destaca que la preparación sí introduce diferencias sustantivas.

De cara a 2026, la región debe prepararse para la continuidad de una atmósfera y unos océanos anómalamente cálidos, capaces de sostener nuevos episodios de calor severo y extremos hidrometeorológicos, aun cuando El Niño fluctúe o cambie de fase, por lo que la comparación entre 2025 y 2026 sugiere no una ruptura, sino la consolidación de una nueva normalidad climática más riesgosa, especialmente para la salud pública, la seguridad hídrica, la agricultura y los ecosistemas costeros e insulares.

Cada impacto climático se traduce en mayores costes para los hogares con menos recursos. En ese sentido, el cambio climático no puede entenderse únicamente como una cuestión ambiental; constituye también un problema de desarrollo, equidad social y gobernanza.

El informe subraya que 2025 se situó entre los años más cálidos registrados en la región, con temperaturas cercanas a 0.40 °C por encima del promedio entre 1991 y 2020. Aunque esa magnitud pudiera parecer moderada en términos absolutos, sus repercusiones han sido considerables. 

Las olas de calor se intensificaron y extendieron a lo largo de Mesoamérica, Sudamérica y el Caribe

En México, Mexicali alcanzó una temperatura de 52.7 °C, estableciendo un récord nacional, mientras que diversas áreas de América Central, Argentina, Chile y Uruguay superaron de manera reiterada los 40 °C. Este comportamiento confirma que el calor extremo ha dejado de ser una anomalía episódica. Ahora es lo normal en el escenario climático regional.

El informe estima que aproximadamente 13,000 personas mueren cada año por causas asociadas al calor en los 17 países analizados, aunque advierte que esa cifra podría estar subestimada debido a las limitaciones de los sistemas de registro. El problema no es únicamente meteorológico; es, además, un fenómeno profundamente social y económico. Las personas mayores, la niñez, quienes trabajan al aire libre y las comunidades con acceso precario a vivienda adecuada, agua potable o servicios de salud figuran entre los grupos con mayor exposición. Los entornos urbanos densamente poblados y con poca forestación, construidos generalmente con el predominio del concreto y el asfalto, intensifican la retención de calor y limitan la ventilación, elevando la sensación térmica a niveles potencialmente peligrosos.

Es importante tomar en cuenta el impacto en la salud, ya que, cuando la temperatura ambiental se eleva, el cuerpo activa diversos mecanismos de termorregulación para mantener su equilibrio, entre ellos la vasodilatación periférica y la sudoración. Sin embargo, cuando el calor es excesivo, la humedad relativa es normalmente elevada o la ventilación es insuficiente, estos mecanismos pueden volverse ineficaces. Como consecuencia, aumenta el riesgo de sufrir un golpe de calor, así como de desarrollar o agravar enfermedades cardiovasculares, respiratorias y metabólicas, incluida la diabetes.

El calor no constituye la única señal de alarma

Uno de los conceptos más esclarecedores del informe es la escasez de agua potable, expresión que describe la transición abrupta entre extremos opuestos: prolongados periodos de sequía seguidos por lluvias torrenciales que desencadenan inundaciones repentinas, deslizamientos y daños severos en infraestructura. La región enfrenta simultáneamente escasez y exceso de agua. En 2025, más de 110,000 personas resultaron afectadas por inundaciones en Perú y Ecuador. En México, las precipitaciones extremas de octubre de 2025 ocasionaron 83 muertes, mientras que algunas partes de los estados fronterizos experimentaron condiciones de sequía.

El cambio en los patrones de precipitación afecta el  ciclo hidrológico y complica  la planificación agrícola, debilita los sistemas de abastecimiento y pone a prueba la capacidad institucional de respuesta. Las lluvias intensas no necesariamente mitigan la sequía, pues con frecuencia se producen con tal violencia que el agua escurre rápidamente, erosiona los suelos, destruye cultivos y no logra recargar de forma efectiva embalses ni acuíferos. Debido a que la sequía prolongada hace que los suelos se endurezcan y absorban menos el agua, aumentando la escorrentía. A la vez, los déficits de precipitación reducen la disponibilidad hídrica, comprometen la producción de alimentos y favorecen la propagación de incendios forestales.

La otra área de gran preocupación es el océano 

El calentamiento de las aguas superficiales y la acidificación marina avanzan de manera sostenida en el Atlántico tropical, el mar Caribe y áreas del Pacífico adyacentes a la región. Según la WMO, en varias zonas costeras el nivel del mar está aumentando a un ritmo superior al promedio mundial. Las implicaciones de este proceso trascienden la erosión de playas. Ecosistemas como los arrecifes de coral, los manglares y las praderas marinas actúan como barreras naturales frente al oleaje, sostienen actividades pesqueras y contribuyen de manera significativa al turismo costero. Su degradación incrementa la vulnerabilidad de las comunidades litorales y reduce fuentes esenciales de sustento económico y alimentario.

El calentamiento oceánico alimenta, además, uno de los principales motivos de preocupación regional: la rápida intensificación de los huracanes. Aguas más cálidas favorecen ciclones más potentes en lapsos de tiempo más breves, mientras que el aumento del nivel del mar amplifica la capacidad destructiva de las marejadas ciclónicas. El caso más dramático de 2025 fue el Huracán Melissa, primer ciclón de Categoría 5 en tocar tierra en Jamaica desde que existen registros comparables, no sin antes estar detenido por más de 72 horas.  El fenómeno dejó 45 víctimas mortales y pérdidas económicas cercanas a 8,800 millones de dólares, equivalentes a más del 41 % del producto interno bruto jamaicano. Más allá de su excepcionalidad, este episodio demostró que un solo evento extremo puede comprometer durante años la estabilidad económica y social de un país caribeño.

En Jamaica, los modelos de riesgo y diversas medidas de anticipación contribuyeron a reducir parte del coste humano del desastre. Esta experiencia sugiere que, aun cuando los fenómenos extremos se intensifican, una gestión del riesgo mejor articulada puede salvar vidas y limitar daños materiales. Sistemas de alerta temprana, códigos de construcción apropiados, planificación territorial, protección de humedales y acceso oportuno a información climática constituyen componentes esenciales de una agenda de adaptación que ya no admite postergaciones.

En Sudamérica, la situación de los glaciares andinos agrega una dimensión crítica adicional. El informe indica que cerca del 41 % de toda la masa glacial perdida desde 1976 desapareció en la última década. Este retroceso acelera riesgos inmediatos, como crecidas repentinas de los cuerpos acuáticos y desbordamientos de presas y ríos, pero, sobre todo, compromete la seguridad hídrica a mediano y largo plazo. Millones de personas dependen de los glaciares para el consumo humano, el riego agrícola, la generación hidroeléctrica y la actividad industrial. Lo que ocurre en las altas montañas andinas no constituye un fenómeno aislado, sino un proceso con repercusiones directas sobre ciudades, áreas rurales, economías regionales y ecosistemas situados a gran distancia.

Otra área de impacto es la agricultura

El calor extremo reduce rendimientos, las sequías limitan la disponibilidad de agua para cultivos y ganado, y las lluvias intensas destruyen cosechas enteras en cuestión de horas, aumentando la vulnerabilidad y la seguridad alimentaria. En una región marcada todavía por profundas desigualdades socioeconómicas. 

La región dispone hoy de mejores capacidades científicas, mayor disponibilidad de información climática y una comprensión más precisa de sus riesgos que hace una década. Sin embargo, ese conocimiento todavía no siempre se traduce en políticas públicas consistentes ni en inversiones suficientes. En ese  sentido, les corresponde a los tomadores de decisiones prepararse para un clima más extremo que exige incorporar la variable climática en la salud pública, la planificación urbana, la infraestructura, la gestión del agua, la agricultura, la energía y la protección de los ecosistemas.

De esa capacidad dependerá no solo la reducción de pérdidas humanas y económicas, sino también la estabilidad política de la región y  la posibilidad de construir un horizonte más resiliente en una de las regiones más vulnerables a los impactos del cambio climático.

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