by Rafael Méndez Tejeda and Pearl Marvell, Yale Climate Connections
August 12, 2026
Algunos de los residentes del área metropolitana de Puerto Rico pasan horas esperando camiones cisterna de agua después de que entrara en vigor el racionamiento en medio de la sequía que afecta al archipiélago. La gobernadora de Puerto Rico, Jenniffer González, declaró un estado de emergencia a finales de julio, cuando el nivel del agua en represas clave cayó por debajo de los niveles necesarios para abastecer a las comunidades.
¿Cómo llegó a agravarse tanto esta crisis de agua? Sigue leyendo para ponerte al día.
Ha estado lloviendo en Puerto Rico, entonces, ¿por qué no hay suficiente agua?
Esta crisis de agua no se trata únicamente de la falta de lluvia: las temperaturas más altas, la falta de dragado de sedimentos en los embalses, el deterioro de la infraestructura y una gestión deficiente en general han llevado a Puerto Rico a enfrentar una de sus peores crisis de agua desde 2015.
Otro problema es que la lluvia no siempre cae en los lugares correctos. Para que la lluvia contribuya a la recuperación, debe caer sobre las cuencas de los tributarios correspondientes, y con la intensidad y duración suficientes para reponer el agua que alimenta los embalses. La lluvia que cae en el oeste, el sur o el interior montañoso no necesariamente beneficia a Carraízo, en el norte, si no llega a la cuenca cercana y sus tributarios. Si el caudal de ríos y quebradas cae por debajo del volumen que se extrae para consumo, el nivel de los embalses seguirá bajando aunque se registren aguaceros en otras partes de la isla.
¿Qué tan diferente es esta crisis de la sequía de 2015?
La crisis de 2015 provocó un racionamiento prolongado que alteró la vida cotidiana de cientos de miles de personas y afectó la agricultura. Aunque la situación actual no replica exactamente la sequía de 2015 en cuanto a duración y áreas geográficas afectadas, comparte características preocupantes: una disminución sostenida de las fuentes de agua, una recuperación limitada tras eventos de lluvia aislados, presión sobre las plantas de filtración e interrupciones prolongadas del servicio. Las olas de calor también pueden agravar el problema, ya que aumentan el consumo de agua y aceleran la evaporación en los embalses y otros cuerpos de agua.
¿Qué está haciendo el gobierno respecto al problema?
La sequía de 2015 dejó una advertencia que todavía no se ha traducido plenamente en política pública.
Incluso antes de la crisis de agua, cerca del 65% del agua potable no llegaba a los clientes debido a fugas o no se facturaba.
La administración de González ha enfrentado críticas constantes por su manejo de la situación, incluida la falta de comunicación sobre dónde y cuándo habrá racionamiento de agua. Recientemente, empleados sindicalizados de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados de Puerto Rico realizaron un paro por salarios bajos y condiciones de trabajo peligrosas.
¿Qué están haciendo las personas?
A diferencia de la sequía de 2015, en 2026 más hogares cuentan con cisternas. Esta preparación representa un avance real, ya que permite que familias enfrenten con más seguridad las interrupciones del servicio; sin embargo, también plantea un reto adicional para el manejo del racionamiento. El llenado simultáneo de cisternas antes o justo después de los períodos de interrupción puede generar picos de demanda, reducir la presión del sistema y limitar la eficacia de las medidas de conservación. Por eso el racionamiento por sí solo no garantiza una reducción real del consumo.
Actualmente, no existen datos confiables sobre cuántos hogares puertorriqueños tienen acceso a reservas privadas de agua, como sistemas de captación y cisternas. En las zonas urbanas puede ser especialmente difícil contar con este tipo de sistema, y suelen ser costosos. En un país donde el ingreso promedio por hogar apenas supera los $26,000, estas inversiones suelen resultar inalcanzables.
¿Está El Niño afectando la cantidad de lluvia?
El Niño por sí solo no determina la lluvia en Puerto Rico. Sus efectos dependen de la temporada, las temperaturas del Atlántico tropical, la posición de la alta subtropical, los vientos alisios y otros patrones atmosféricos. Aun así, puede alterar la distribución regional de la lluvia y aumentar la incertidumbre. Debido al cambio climático, los patrones de humedad en el Caribe se han desplazado, mayormente hacia la parte oeste de la isla.
¿Cómo afecta el sedimento al suministro de agua?
En algunos embalses, las estimaciones históricas apuntan a reducciones muy grandes de la capacidad original, posiblemente cercanas al 60%, aunque la magnitud varía según el sistema y debe confirmarse mediante levantamientos subacuáticos actualizados. El Huracán María, intensificado por el cambio climático, agravó este problema al desencadenar decenas de miles de deslizamientos de tierra y arrastrar grandes volúmenes de suelo, troncos, ramas y otros escombros hacia ríos, quebradas y cuencas tributarias. Parte de ese material terminó en estos embalses, acelerando la acumulación de sedimento y reduciendo el volumen de agua. Como resultado, el nivel visible del agua en la superficie de un embalse no necesariamente refleja la cantidad real de agua que puede almacenarse y utilizarse.
¿Cuáles son las reservas de agua más afectadas?
El embalse de Carraízo, cerca de la capital, San Juan, es la principal preocupación para el área metropolitana, mientras que Cidra, Río Blanco y Guayabal reflejan riesgos particulares para la región centro-oriental, los municipios insulares de Culebra y Vieques, y la agricultura en el sur.
Este embalse es el componente más sensible del sistema de suministro de agua del área metropolitana. Construido durante la década de 1950, abastece a 180,000 clientes, por lo que cualquier reducción sostenida en su capacidad operativa tiene consecuencias inmediatas para una parte considerable de la población.
Al comparar la situación actual con el racionamiento que comenzó en 2015 y se extendió hasta parte de 2016, vale la pena señalar que, en ese entonces, el nivel de Carraízo estaba aproximadamente un metro por debajo de donde se encuentra hoy. Sin embargo, esa comparación no puede hacerse basándose únicamente en la elevación de la superficie del agua, ya que en aquel momento el embalse todavía no había recibido el sedimento, los troncos, la materia vegetal y los escombros que el huracán María arrastró hacia su cuenca en 2017.
El lago Cidra también requiere una vigilancia estrecha. Aunque atrae menos atención pública, abastece a sistemas de la región centro-oriental (Caguas, Cayey, Cidra y otros), tiene una capacidad de almacenamiento menor y también se ve afectado por la sedimentación.
Río Blanco, en Naguabo, es estratégicamente importante para la región este y para Vieques y Culebra. Cualquier deterioro prolongado trae consecuencias logísticas significativas, dada la limitada redundancia de este sistema y la dificultad de transportar agua.
Guayabal no es solo otro embalse entre Juana Díaz, en el sur de la isla grande, y Villalba, en el centro: es infraestructura vital para la seguridad agrícola del sur de Puerto Rico. Los sistemas de riego, los cultivos, las fincas y los empleos rurales que sostienen buena parte de la economía regional dependen de sus aguas. Pero la sedimentación ha reducido su capacidad real de almacenamiento, lo que crea una falsa sensación de seguridad cuando solo se considera el nivel visible del agua. Un descenso prolongado no solo amenaza la producción agrícola, sino que también encarece los alimentos, debilita la seguridad alimentaria y golpea directamente a quienes se ganan la vida con la agricultura. Guayabal conlleva un riesgo adicional que no debe pasarse por alto: proteger el acuífero es esencial para evitar que continúe la intrusión de agua salada, que ya está comprometiendo las reservas de agua dulce en una zona ya de por sí vulnerable.
¿Qué hay de la desalinización como solución?
Hasta que se resuelva la considerable pérdida de agua potable, la desalinización no parece ser una solución viable. Puede ser útil para instalaciones críticas, municipios insulares o comunidades costeras con condiciones específicas, pero requiere un alto consumo energético en una isla con infraestructura ya deficiente, además de una gran inversión, mantenimiento especializado y un manejo adecuado de la salmuera.
¿Se puede sembrar las nubes?
La siembra de nubes tampoco es una respuesta operativa primaria viable, ni tiene sustento meteorológico sólido. No crea nubes ni garantiza lluvia; intenta modificar procesos microfísicos en nubes que ya presentan condiciones favorables. Su eficacia depende del tipo de nube, el contenido de agua, la dinámica atmosférica, el material utilizado y la capacidad de atribuir la lluvia al procedimiento. En una pequeña isla tropical, con nubes que evolucionan rápidamente, vientos alisios muy variables y cuencas pequeñas, dirigir la lluvia hacia un embalse específico plantea verdaderos desafíos científicos y operativos. Los esfuerzos de siembra de nubes en 2015 no produjeron beneficios verificables para Puerto Rico y no mostraron una contribución significativa a la recuperación de los embalses.
¿Qué se puede hacer para gestionar mejor el agua de Puerto Rico?
Idealmente, Puerto Rico contaría con un tablero público diario para cada sistema que muestre el nivel del embalse, el volumen utilizable estimado, la tendencia, los caudales de entrada y salida, la lluvia en la cuenca, las extracciones, los municipios afectados y las proyecciones. Una mejor coordinación entre las empresas de servicio público que suministran el agua potable del archipiélago, el Departamento de Recursos Naturales y Ambientales, el Servicio Nacional de Meteorología, los 78 municipios de la isla, el sector agrícola, las universidades y las organizaciones comunitarias también podría ayudar a mejorar el uso del agua.
Muchas de estas acciones ya están descritas en el Plan de Mitigación, Adaptación y Resiliencia frente al Cambio Climático de Puerto Rico (elaborado con la participación de expertos puertorriqueños, incluido el autor de este texto). El Comité Asesor de Expertos sobre Cambio Climático presentó el borrador final a la Asamblea Legislativa el 22 de abril de 2024, tras consultas y vistas públicas. El documento traza una ruta para reducir vulnerabilidades, anticipar riesgos y fortalecer la resiliencia. Sin embargo, la falta de acción legislativa ha dejado esta planificación preventiva fuera de la mesa, tanto para esta situación como para cualquier otro evento climático extremo que ocurra en el futuro.
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